Mujeres de Ojos Grandes.
"En realidad los finales son indignos del arte, las obras de arte
son siempre inconclusas,
quienes las hacen, no están seguros que las han terminado.
Sucede lo mismo con las mejores cosas de la vida."
Ya era tarde y ella seguía buscando quien sabe que cosas en el cuerpo del hombre al que reconocía como el amor de su vida. Desde antes se habían visto, pero ni ellos supieron bien donde se les había perdido la primera certidumbre de que estuvieran hechos para juntarse. Muchas veces él gastaba tiempo en lamentar lo que consideraba un error imperdonable. Sin embargo, ella le dijo siempre que nada hubiera sido distinto. Fue tiempo después de casarse cada quien con fortuna o desventura, cuando volvieron a encontrarse en una de esas fiestas en las que de pura aburrición todo el mundo hubiera querido irse a otro lugar mejor. Se miraron a lo lejos, se fueron acercando y por fin se encontraron en la mesa. En medio de aquel caos, ellos perdieron las palabras y volvieron a aprenderse los gestos, se vieron enlazados sin remedio y sin prisas, hasta quien sabe cuando.
Antes de seguir aburriéndose, abandonaron la fiesta para irse en busca de una derrota que habían dejado pendiente. La encontraron. Y se hicieron viejos yendo a buscarla cada vez que la vida que la vida se angostaba.
Ella tenia siempre miedo de que cada encuentro fuera el ultimo. Por eso le gustaba platicar, para robarse al otro, para que no se le escapara del todo cuando volvía a casa con el cuerpo en paz, para poder, en el impredecible tiempo que los desuniera, reconstruir todo, no solo su aventura sino todas las mismas aventuras de siempre.
Cada vez preguntaba alguna cosa. Así llego a saber hasta de que color había forrado los cuadernos cuando entro a primero de primaria, cuanto le costaban las naranjas con chile que compraba a la salida de la escuela y porque le hubiera gustado a él que ella hubiera tenido otro nombre.
Una tarde, casi noche, ella tenia la codicia encendida y quiso saber cómo había sido para el eso que los hombres hacen por primera vez con una mujer. El nunca había hablado de eso con ninguna mujer y tardó en empezar la historia. Pero ella le paso la mano por la espalda como si fuera un caballo y lo fue haciendo hablar de aquel recuerdo igual que lo hacia desnudarse a veces, cuando ya estaba vestido y a punto de irse. La calle era un mugrero en el que hasta las luces parecían sucias. El fue ahi por primera vez con algunos amigos que ya habían estado ahi dos o tres veces pero nadie era un experto. Algunos habían ido una noche con sus hermanos mayores o con sus tíos, a otro lo había llevado su Papá porque tenia la cara llena de barros y a decir suyo no había mejor manera de quitárselos . Total que eran siete dándose valor en aquella clandestinidad impúdica, muertos de risa y pánico.
Pasaron todos con la misma. Una chaparrita de vestido inmundo que no dejaba de masticar chicle. Les pregunto que con vestido o sin vestido. --Sin vestido , les cuesta el doble--advirtió. Acordaron que con vestido. El ya no sabia cómo tuvo ganas de algo cuando le tocó pasar, pero paso. La chaparrita mascó el chicle en la oreja de el todo el tiempo y el juro no volver.....
--¿Y no volviste?--Pregunto ella, empezando a vestirse celosa, como si acabara de oír la mas impecable historia de amor.
--Si volví--dijo el--. En la tarde ya estaba robando a mi Mamá dinero para regresar. Y regrese con la misma.
--¿Igual que ahora?--dijo ella, dejándose caer sobre él para morderlo y rasguñarlo.
--Sólo que tu no mascas chicle--contesto él abrazándola.
La pellizco después las costillas para hacerla reír. Así estuvieron un rato largo: riéndose, riéndose, hasta que acabaron llorando.
Angeles Mastreta.
son siempre inconclusas,
quienes las hacen, no están seguros que las han terminado.
Sucede lo mismo con las mejores cosas de la vida."
Ya era tarde y ella seguía buscando quien sabe que cosas en el cuerpo del hombre al que reconocía como el amor de su vida. Desde antes se habían visto, pero ni ellos supieron bien donde se les había perdido la primera certidumbre de que estuvieran hechos para juntarse. Muchas veces él gastaba tiempo en lamentar lo que consideraba un error imperdonable. Sin embargo, ella le dijo siempre que nada hubiera sido distinto. Fue tiempo después de casarse cada quien con fortuna o desventura, cuando volvieron a encontrarse en una de esas fiestas en las que de pura aburrición todo el mundo hubiera querido irse a otro lugar mejor. Se miraron a lo lejos, se fueron acercando y por fin se encontraron en la mesa. En medio de aquel caos, ellos perdieron las palabras y volvieron a aprenderse los gestos, se vieron enlazados sin remedio y sin prisas, hasta quien sabe cuando.
Antes de seguir aburriéndose, abandonaron la fiesta para irse en busca de una derrota que habían dejado pendiente. La encontraron. Y se hicieron viejos yendo a buscarla cada vez que la vida que la vida se angostaba.
Ella tenia siempre miedo de que cada encuentro fuera el ultimo. Por eso le gustaba platicar, para robarse al otro, para que no se le escapara del todo cuando volvía a casa con el cuerpo en paz, para poder, en el impredecible tiempo que los desuniera, reconstruir todo, no solo su aventura sino todas las mismas aventuras de siempre.
Cada vez preguntaba alguna cosa. Así llego a saber hasta de que color había forrado los cuadernos cuando entro a primero de primaria, cuanto le costaban las naranjas con chile que compraba a la salida de la escuela y porque le hubiera gustado a él que ella hubiera tenido otro nombre.
Una tarde, casi noche, ella tenia la codicia encendida y quiso saber cómo había sido para el eso que los hombres hacen por primera vez con una mujer. El nunca había hablado de eso con ninguna mujer y tardó en empezar la historia. Pero ella le paso la mano por la espalda como si fuera un caballo y lo fue haciendo hablar de aquel recuerdo igual que lo hacia desnudarse a veces, cuando ya estaba vestido y a punto de irse. La calle era un mugrero en el que hasta las luces parecían sucias. El fue ahi por primera vez con algunos amigos que ya habían estado ahi dos o tres veces pero nadie era un experto. Algunos habían ido una noche con sus hermanos mayores o con sus tíos, a otro lo había llevado su Papá porque tenia la cara llena de barros y a decir suyo no había mejor manera de quitárselos . Total que eran siete dándose valor en aquella clandestinidad impúdica, muertos de risa y pánico.
Pasaron todos con la misma. Una chaparrita de vestido inmundo que no dejaba de masticar chicle. Les pregunto que con vestido o sin vestido. --Sin vestido , les cuesta el doble--advirtió. Acordaron que con vestido. El ya no sabia cómo tuvo ganas de algo cuando le tocó pasar, pero paso. La chaparrita mascó el chicle en la oreja de el todo el tiempo y el juro no volver.....
--¿Y no volviste?--Pregunto ella, empezando a vestirse celosa, como si acabara de oír la mas impecable historia de amor.
--Si volví--dijo el--. En la tarde ya estaba robando a mi Mamá dinero para regresar. Y regrese con la misma.
--¿Igual que ahora?--dijo ella, dejándose caer sobre él para morderlo y rasguñarlo.
--Sólo que tu no mascas chicle--contesto él abrazándola.
La pellizco después las costillas para hacerla reír. Así estuvieron un rato largo: riéndose, riéndose, hasta que acabaron llorando.
Angeles Mastreta.
